“Venancio vuela bajito”

Autor: Graciela Montes
Narrador Invitado:Alejandra Acuña Barrenechea



No es cierto que los perros no vuelen.

Lo que pasa es que les gusta volar bajito. En mi barrio, por ejemplo, tenemos un perro que sabe volar; se llama Venancio.

El que le enseñó a volar a Venancio fue don Fito, que tiene muchísima paciencia.

En realidad, primero le enseñó a saltar.

Estuvo meses y meses enseñándole a saltar.

-¡Hop, Venancio! -decía don Fito levantando un dedo.

Y Venancio saltaba. Saltaba cada vez más y más alto: del suelo hasta una silla, después del suelo hasta la mesa y por fin del suelo hasta el techo de la heladera.

A Venancio le gustó eso de andar por los aires.

Tanto le gustó que una mañana, sin esperar siquiera a que don Fito le dijera "¡Hop, Venancio!", se trepó de un solo salto al techo de la casa. ¡Quería ver la salida del, sol desde ahí arriba!

Don Fito estaba muy orgulloso de Venancio. A don Fito, Venancio le parecía un perro muy inteligente.

-Te voy a enseñar a volar -le decía. -¡Hop, Venancio! -decía con el dedo en alto, y lo mandaba de un brinco al techo. Después, sin que Venancio se diese cuenta, se iba en puntas de pie a la casa de doña Enriqueta, que vive justo enfrente, se subía a la terraza y le gritaba: -¡Acá, Venancio!

¡Y Venancio saltaba del techo de don Fito a la terraza de doña Enriqueta! Era un salto verdaderamente extraordinario.

Lo más difícil de todo fue enseñarle a dar media vuelta en el aire.

Pero ya dije que don Fito es un hombre lleno de paciencia.

-¡Hop, Venancio! -lo mandaba de vuelta al techo. Pero, antes de que Venancio pusiese una sola pata en las tejas, le gritaba de repente: - ¡Acá, Venancio!

Entonces Venancio, que siempre fue un perro muy obediente, se daba media vuelta en el aire y volvía. Era una prueba dificilísima.

Al principio Venancio perdía el equilibrio y rodaba por la vereda como una maceta. Pero con el tiempo aprendió a aterrizar mucho mejor.

Don Fito estaba cada día más orgulloso de su perro. -¡Ya estas por aprender a volar, Venancio! -le decía palmeándole la cabeza.

Y Venancio decía "arf arf" y movía la cola. Por fin un día lo mandó volando a la carnicería, que queda a dos cuadras.

-¡Hop a lo de Gorosito, Venancio! -le gritó (Gorosito es nuestro carnicero).

¡Y Venancio voló las dos cuadras!

(un poco porque era tan obediente y otro poco porque Gorosito siempre le regalaba algún hueso).

Y así fue como Venancio aprendió a volar. Al principio a todo el mundo le pareció lindo eso de que hubiese un perro volando por el barrio. Pero enseguida empezaron las quejas. Porque la verdad es que Venancio no volaba como una mariposa. Ni como un pajarito.

Más bien volaba como un almohadón desesperado.

Para empezar, era gordo.

Para seguir volaba muy rápido

Y, para terminar, le gustaba volar bajito.

Como era gordo y volaba tan rápido y tan bajito provocaba muchísimos accidentes.

Un día le arrancó el casco a un policía al cruzar la avenida y don Fito tuvo que pagar una multa.

Un sábado a la noche se chocó con la cabeza de Martinita Perez, justo cuando Martinita Perez salía de su casa vertida de novia. y toda llena de flores, para casarse con Tito Nicoletti.

Otro día se metió sin querer por la ventana del profesor Gutierrez, que estaba abierta, y se cayó encima del pastel de papas.

Pero lo peor fue el lío de la cancha. Venencio pasó volando por el campo justo en el momento en que la pelota estaba por entrar en el arco, y la pelota, en lugar de hacer gol, fue a parar a la tribuna, junto con Venancio. Los que se habían perdido el gol se pusieron furiosos y empezaron a gritarles y patearlos y a morderles las orejas a los que se habían salvado del gol.

Los que se habían salvado del gol se defendían lo mejor que podían.

-La culpa no es nuestra -decían mientras se tapaban con las dos manos las orejas-, la culpa la tiene el perro.

El barrio entero se enojó con Venancio y con don Fito, el dueño de Venancio.

-Los perros voladores son muy molestos -decían.

-¡Son peores que las moscas!

Y los chicos se ponían a saltar en la vereda y gritaban:

-¡Que-no-vuele! ¡Que-no-vuele!

Desde ese día Venancio ya no vuela tanto por el barrio.

Pero igual se sigue entrenando.

Don Fito se levanta bien temprano todas las mañanas y lo lleva a revolotear un rato por la Costanera.

-Tenés que aprender a volar más alto, Venancio -le explica. Pero no hay caso. A Venancio le gusta volar bajito. Dice "arf arf" y le da vueltas y más vueltas a don Fito alrededor de la cabeza.

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