Artista y Titulo
1-SABU MARTINEZ Rhapsodia del maravilloso
2-CREOLE Peper hill
3-LUCIENNE SANABRIA Pónganle atención
4-PEPE CASTILLO Aguinaldo jíbaro
5-CORTIJO Y SU COMBO La crítica
6-JOSÉ GONZALEZ Y BANDA CRIOLLA Bomba te traigo yo
7-SEPTETO SANTIAGUERO Yo soy guajiro
8-SALIF KEITA & CESARIA EVORA Yamore
9-ALI FARKA TOURE N ´jarou
10-MADINA N´ DIAYE Tounga
11-ISSA BAGAYOGO Dama
12-ALPHA BLONDY Brigadier Sabari
13-AIDA CUEVAS La llorona
14-CHAVELA VARGAS Vámonos
15-AMPARO OCHOA El barzón
16-LA CALACA La prietita clara
17-LILA DOWNS La línea
18-THE ETHIOPIANS Weekend cowhead
19-THE HEPTONES Street of gold
20-THE CONGOS Revolution
21-ZION TRAIN Audrey and June
22-MAJEK FASHEK African unity
23-O´YABA Buffalo soldier
Casos y Cosas (Mali)
Sigi
Por Estefanía Abamonte
Las ceremonias con máscaras tienen una gran importancia cultural y tradicional en distintas regiones de África. Uno de los rituales africanos más complejos es el “sigi”, llevado a cabo por el pueblo Dogón del país de Mali (África occidental). Este ritual se realiza cada 60 años con el fin de rememorar y restaurar la creación del mundo. Para ello se utiliza una máscara que adquiere el nombre de “Kanaga”, representando un pájaro africano del mismo nombre. En la parte superior de la máscara hay dos pequeñas figuras que hacen referencia al mito de la creación y representan la primera pareja humana que los Dogón consideran sus ancestros. La máscara también tiene una cruz en la parte superior que simboliza el mundo de lo sobrenatural, y otra inferior que simboliza lo terrenal. Ambas cruces se unen en una línea central simbolizando la unión de ambos mundos y de acuerdo con la mitología, esta parte de la máscara es la mano de Dios.
En la ceremonia Sigi, los varones iniciados que han aprendido las técnicas necesarias para entrar en contacto con lo sobrenatural, son quienes llevan la máscara Kanaga. Durante la danza ritual, el portador de la máscara se inclina hacia el suelo, dirigiendo la cruz superior hacia la tierra con el fin de establecer una conexión entre lo terrenal y lo sobrenatural.
También de la étnia Dogón son los miembros de la sociedad Awa, responsables de llevar a cabo los ritos funerarios. Ellos bailan con las máscaras en el techo de la casa del muerto para conducir su alma (nyama) a su descanso eterno, y al mismo tiempo para defender a los vivos del daño que pudieran hacerle.
Por Estefanía Abamonte
Las ceremonias con máscaras tienen una gran importancia cultural y tradicional en distintas regiones de África. Uno de los rituales africanos más complejos es el “sigi”, llevado a cabo por el pueblo Dogón del país de Mali (África occidental). Este ritual se realiza cada 60 años con el fin de rememorar y restaurar la creación del mundo. Para ello se utiliza una máscara que adquiere el nombre de “Kanaga”, representando un pájaro africano del mismo nombre. En la parte superior de la máscara hay dos pequeñas figuras que hacen referencia al mito de la creación y representan la primera pareja humana que los Dogón consideran sus ancestros. La máscara también tiene una cruz en la parte superior que simboliza el mundo de lo sobrenatural, y otra inferior que simboliza lo terrenal. Ambas cruces se unen en una línea central simbolizando la unión de ambos mundos y de acuerdo con la mitología, esta parte de la máscara es la mano de Dios.En la ceremonia Sigi, los varones iniciados que han aprendido las técnicas necesarias para entrar en contacto con lo sobrenatural, son quienes llevan la máscara Kanaga. Durante la danza ritual, el portador de la máscara se inclina hacia el suelo, dirigiendo la cruz superior hacia la tierra con el fin de establecer una conexión entre lo terrenal y lo sobrenatural.
También de la étnia Dogón son los miembros de la sociedad Awa, responsables de llevar a cabo los ritos funerarios. Ellos bailan con las máscaras en el techo de la casa del muerto para conducir su alma (nyama) a su descanso eterno, y al mismo tiempo para defender a los vivos del daño que pudieran hacerle.
El gen del Rocksteady y el Reggae Roots
Por Hernán Navarro
The Ethiopians es un grupo de ska, rocksteady y reggae roots formado por tres integrantes vocales jamaiquinos: Leonard Sparrow Dillon –como miembro fundador-, Stephen Taylor y Aston Morris.
En 1966, la banda grabó junto al prestigioso productor de reggae y fundador del sello Studio One, Seymour Sir Coxsone Clement Dodd, sus primeras canciones como Live good o Owe me no pay me.
Dos años más tarde, Aston Morris abandonó la formación, por lo que se sumó Melvin Mellow Red como integrante oficial. Ese mismo año, The Ethiopians editó Engine 54, su primer disco de larga duración.
El primer éxito del grupo aparece en 1968, grabado en Dinamic Studio para el sello WIRL, con el nombre de Everything crash, tema que repudia la situación política y social que Jamaica estaba viviendo por esos días debido a un grave incidente en el cual la policía asesinó a 31 personas en una manifestación.
Sus letras y sus canciones formaron un antes y un después en la historia musical del país caribeño. Sus líricas llenas de contenido religioso y social fueron pioneras e influyentes para todos los músicos que aparecieron más tarde en la escena jamaiquina, incluyendo al recordado Bob Marley.
Entre 1969 y 1970 publicaron consecutivamente dos discos: Reggae Power y Capture Man. Durante la primera parte de la década del ´70 fueron variando de productores y sellos discográficos. En 1975, Taylor murió tras ser atropellado por una camioneta.
A su vez, Dillon continuó con la trayectoria del grupo que en 1977 grabó un disco memorable: Slave call. Esta placa comienza con una versión en inglés del Himno Nacional de la República Democrática Federal de Etiopía. Además, cuenta con una interpretación llamativa de Let it be, aquella perla que integra el último álbum editado por The Beatles en 1970.
Por otra parte, cabe destacar que Dillon había transitado por alguna andanza musical antes de The Ethiopians, bajo el seudónimo de Jack Sparrow. En 1991, grabó como solista un disco llamado On The Road Again. En 1999 formó una nueva edición de The Ethipoans junto a un coro femenino integrado por las vocalistas Jennifer Lara y Merlene Webber, quienes aparecieron en el álbum Tuffer Than Stone.
The Ethiopians es un grupo de ska, rocksteady y reggae roots formado por tres integrantes vocales jamaiquinos: Leonard Sparrow Dillon –como miembro fundador-, Stephen Taylor y Aston Morris.En 1966, la banda grabó junto al prestigioso productor de reggae y fundador del sello Studio One, Seymour Sir Coxsone Clement Dodd, sus primeras canciones como Live good o Owe me no pay me.
Dos años más tarde, Aston Morris abandonó la formación, por lo que se sumó Melvin Mellow Red como integrante oficial. Ese mismo año, The Ethiopians editó Engine 54, su primer disco de larga duración.
El primer éxito del grupo aparece en 1968, grabado en Dinamic Studio para el sello WIRL, con el nombre de Everything crash, tema que repudia la situación política y social que Jamaica estaba viviendo por esos días debido a un grave incidente en el cual la policía asesinó a 31 personas en una manifestación.
Sus letras y sus canciones formaron un antes y un después en la historia musical del país caribeño. Sus líricas llenas de contenido religioso y social fueron pioneras e influyentes para todos los músicos que aparecieron más tarde en la escena jamaiquina, incluyendo al recordado Bob Marley.
Entre 1969 y 1970 publicaron consecutivamente dos discos: Reggae Power y Capture Man. Durante la primera parte de la década del ´70 fueron variando de productores y sellos discográficos. En 1975, Taylor murió tras ser atropellado por una camioneta.A su vez, Dillon continuó con la trayectoria del grupo que en 1977 grabó un disco memorable: Slave call. Esta placa comienza con una versión en inglés del Himno Nacional de la República Democrática Federal de Etiopía. Además, cuenta con una interpretación llamativa de Let it be, aquella perla que integra el último álbum editado por The Beatles en 1970.
Por otra parte, cabe destacar que Dillon había transitado por alguna andanza musical antes de The Ethiopians, bajo el seudónimo de Jack Sparrow. En 1991, grabó como solista un disco llamado On The Road Again. En 1999 formó una nueva edición de The Ethipoans junto a un coro femenino integrado por las vocalistas Jennifer Lara y Merlene Webber, quienes aparecieron en el álbum Tuffer Than Stone.
El eco de un grito latino: Amparo Ochoa
Por M. Emilia Sganga
Esta voz inconfundible nos lleva a emprender un viaje en el tiempo y el espacio. Nos trasladamos a México, al Estado de Sinaloa, al municipio de Culiacán, a la localidad de Costa Rica. Nos plantamos allí, al menos un momento, y desde aquí nos vamos al año 1946. Llegadas estas coordenadas espacio-temporales, dejaremos pasar un momento así podemos ubicarnos.
Es en el encuentro de este lugar y este año, cuando nace Amparo Ochoa, la hija menor de una pareja que había criado ya diez hijos, una casa donde todos cantaban. Amparo, se dedicó al estudio, primero a la enfermería y luego entró al magisterio y se decidió a ejercer como maestra rural en La Palma, Villa Ángel Flores y Tierra Blanca en su estado natal. Paralelamente continuaba construyendo sus bases musicales, que serían desplegadas hacia 1969, cuando viaja a la ciudad de México. Allí gana un concurso de aficionados, como cantante y poco después se inscribe en la Escuela Nacional de Música (de la UNAM).
Aquí no podemos dejar de mencionar los violentos episodios que se fueron gestando durante 1968 (y con anterioridad), el 2 de octubre de ese año sectores estudiantiles, trabajadores y organizaciones sociales se unen en una manifestación en Plaza de las Tres Culturas, repudiando las políticas aplicadas desde el gobierno mexicano. La represión fue en aumento durante este período, para acabar en una masacre el 2 de octubre de 1968. Luego de esa violenta jornada, tristemente conocida como la Matanza de Tlatelolco, fueron secuestradas centenares de personas, torturadas y desaparecidas muchas de ellas. Amparo Ochoa, tomó la voz de muchos de aquellos enfrentamientos y los hizo canción.
Fue en la UNAM donde se puso en contacto con Oscar Chávez, Salvador El Negro Ojeda, y así cantó junto a ellos. El canto de Amparo se construyó como la representación de los “sin voz”, o mejor dicho, de aquellos a quienes no se deseaba escuchar, los estudiantes, los obreros, los campesinos, las mujeres, los niños, las clases bajas, los reprimidos por el gobierno, los secuestrados. Haciendo escuchar las diferencias y exclusiones sociales que imponía (e impone) el sistema, contando la historia del México desplazado, excluido y olvidado. Retoma la memoria, se hace cargo de ella y la hace canción extrema. Amparo cantaba en la Universidad, en la Casa del Lago, en los bares, en las cafeterías, y en las primeras peñas de la época. Su grito iba a la conquista de un mundo más justo, ondeando siempre la bandera libertaria, reclamando justicia, derecho al trabajo, a la educación, a la salud, canciones contra la explotación y el sistema económico que hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Es por ello que no solo ha cantado en español, sino que también lo ha hecho en las lenguas indígenas náhuatl, chontal, mayo, y ha apoyando durante toda su carrera la causa Zapatista
Y los gritos, por suerte, suenan fuerte y tienen eco, así no sólo llego a todo México, sino que se expandió por América Latina, y graba en 1974 un disco en solidaridad con el pueblo chileno, después del golpe de Estado en el que había sido derrocado Salvador Allende. Amparo Ochoa fue parte de lo que hoy conocemos como el movimiento de la Nueva Canción, que se dio en todo el continente, caracterizado por un gran compromiso social, recurriendo musicalmente al folklore (tal como se presenta en cada región de subcontinente), con fuertes raíces afroaméricanas, indígenas e Ibéricas y con una fuerte tendencia a la fusión aportando a la creación de nuevas experiencias. Muchos de estos artistas fueron censurados, torturados, “desaparecidos” o exiliados en los ´70 cuando las Fuerzas Armadas tomaron los gobiernos de la mayoría de los países latinoamericanos.
Aquí nos quedamos en este viaje. Volvemos a nuestro hoy, escuchamos a Amparo Ochoa y podemos percibir qué tan poco hemos cambiado, podemos percibir qué tanto hemos olvidado.
Esta voz inconfundible nos lleva a emprender un viaje en el tiempo y el espacio. Nos trasladamos a México, al Estado de Sinaloa, al municipio de Culiacán, a la localidad de Costa Rica. Nos plantamos allí, al menos un momento, y desde aquí nos vamos al año 1946. Llegadas estas coordenadas espacio-temporales, dejaremos pasar un momento así podemos ubicarnos.Es en el encuentro de este lugar y este año, cuando nace Amparo Ochoa, la hija menor de una pareja que había criado ya diez hijos, una casa donde todos cantaban. Amparo, se dedicó al estudio, primero a la enfermería y luego entró al magisterio y se decidió a ejercer como maestra rural en La Palma, Villa Ángel Flores y Tierra Blanca en su estado natal. Paralelamente continuaba construyendo sus bases musicales, que serían desplegadas hacia 1969, cuando viaja a la ciudad de México. Allí gana un concurso de aficionados, como cantante y poco después se inscribe en la Escuela Nacional de Música (de la UNAM).
Aquí no podemos dejar de mencionar los violentos episodios que se fueron gestando durante 1968 (y con anterioridad), el 2 de octubre de ese año sectores estudiantiles, trabajadores y organizaciones sociales se unen en una manifestación en Plaza de las Tres Culturas, repudiando las políticas aplicadas desde el gobierno mexicano. La represión fue en aumento durante este período, para acabar en una masacre el 2 de octubre de 1968. Luego de esa violenta jornada, tristemente conocida como la Matanza de Tlatelolco, fueron secuestradas centenares de personas, torturadas y desaparecidas muchas de ellas. Amparo Ochoa, tomó la voz de muchos de aquellos enfrentamientos y los hizo canción.
Fue en la UNAM donde se puso en contacto con Oscar Chávez, Salvador El Negro Ojeda, y así cantó junto a ellos. El canto de Amparo se construyó como la representación de los “sin voz”, o mejor dicho, de aquellos a quienes no se deseaba escuchar, los estudiantes, los obreros, los campesinos, las mujeres, los niños, las clases bajas, los reprimidos por el gobierno, los secuestrados. Haciendo escuchar las diferencias y exclusiones sociales que imponía (e impone) el sistema, contando la historia del México desplazado, excluido y olvidado. Retoma la memoria, se hace cargo de ella y la hace canción extrema. Amparo cantaba en la Universidad, en la Casa del Lago, en los bares, en las cafeterías, y en las primeras peñas de la época. Su grito iba a la conquista de un mundo más justo, ondeando siempre la bandera libertaria, reclamando justicia, derecho al trabajo, a la educación, a la salud, canciones contra la explotación y el sistema económico que hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Es por ello que no solo ha cantado en español, sino que también lo ha hecho en las lenguas indígenas náhuatl, chontal, mayo, y ha apoyando durante toda su carrera la causa ZapatistaY los gritos, por suerte, suenan fuerte y tienen eco, así no sólo llego a todo México, sino que se expandió por América Latina, y graba en 1974 un disco en solidaridad con el pueblo chileno, después del golpe de Estado en el que había sido derrocado Salvador Allende. Amparo Ochoa fue parte de lo que hoy conocemos como el movimiento de la Nueva Canción, que se dio en todo el continente, caracterizado por un gran compromiso social, recurriendo musicalmente al folklore (tal como se presenta en cada región de subcontinente), con fuertes raíces afroaméricanas, indígenas e Ibéricas y con una fuerte tendencia a la fusión aportando a la creación de nuevas experiencias. Muchos de estos artistas fueron censurados, torturados, “desaparecidos” o exiliados en los ´70 cuando las Fuerzas Armadas tomaron los gobiernos de la mayoría de los países latinoamericanos.
Aquí nos quedamos en este viaje. Volvemos a nuestro hoy, escuchamos a Amparo Ochoa y podemos percibir qué tan poco hemos cambiado, podemos percibir qué tanto hemos olvidado.
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